Traemos en esta ocasión desde el canal Memorias de la Tradición un interesante vídeo que es una muestra más de la versatilidad del baile popular, donde no está reñido el espectáculo con la diversión, y más si aquél está integrado en un contexto de personas conocidas y conocedoras de lo que están viendo, es decir, de gentes que saben «leer» los códigos no escritos de la tradición.

Durante la tradicional fiesta de la diputación de Cuesta de Gos (Águilas, Murcia) del 25 de diciembre de 1988, en el desarrollo del baile de puja o subastado que se celebra ese día, salió al centro del corro una pareja de veteranos bailaores para ejecutar una malagueña (variedad de fandango), mientras toca y canta la cuadrilla local. Él es Pedro Clemente Cegarra, más conocido como Pedro Marinas o Chacheíto, un hombre gracioso, muy buen panderetero y bailaor; y ella su esposa, Ana Méndez, Anita de Pedro el Lázaro (aunque su marido la llamaba siempre Amparín), un curioso matrimonio que trasladaba al baile su propia personalidad como pareja ante los demás: él mostrándose siempre enamorado y obsequioso, y ella con la actitud de dejarse querer y casi indiferencia. De esta manera, veremos cómo los bailaores integran su diferente personalidad y hacen demostración de la distinta gestualidad de hombres y mujeres en el desarrollo del baile al estilo antiguo: la mujer ejecuta sus pasos con la elegancia típica del baile tradicional femenino, siempre yendo a lo suyo, divertida aunque en parte desentendiéndose de lo que hace el hombre, pero luciéndose en su papel por eso mismo; mientras, el hombre, además de bailar con más desenfado, buscando llamar la atención de otra manera que la mujer, que ya la tiene ganada, toca la pandereta y efectúa acciones de un chocante ritual de cortejo que provocan los comentarios y hasta la hilaridad del público, que entra en interacción con los actores que ocupan el centro de la escena.

El estilo de baile de esta pareja era mítico entre los aficionados de la localidad, y de hecho este baile fue realizado a petición de los mayores del lugar para que los más jóvenes pudieran apreciar su singular y personalísimo estilo de baile. No es de extrañar, pues, que con esos ingredientes previos resuenen durante la acción las entusiasmadas voces de fondo de los entendidos presentes, dedicadas al bailaor sobre todo, que hace un despliegue de alharacas, paradas, desplantes y medio engaños en torno a la bailaora: «¡A ver si te arrimas! ¡Arrímate! ¡Tírale, tírale! ¡Eso es! ¡Viva quién baila!».

Durante el espectáculo, los niños permanecen con sus madres o familiares en primera fila, contemplando la escena y aprendiendo a socializarse en la fiesta, pero también a entender sus particulares lenguajes, que de mayores pueden reproducir.